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Contra la política de despolitización:
los objetivos del Movimiento Social Europeo*

Pierre Bourdieu

El fatalismo de las leyes económicas enmascara en realidad una política, pero completamente paradoxal ya que se trata de una política de despolitización. Esta política aspira a otorgar un dominio fatal a las fuerzas económicas al liberarlas de todo control; tiene como meta obtener la sumisión de los gobiernos y de los ciudadanos a las fuerzas económicas y sociales "liberadas" de esta forma. Todo lo que se nombra con la palabra a la vez descriptiva y normativa de "mundialización" es el efecto no de una fatalidad económica, sino de una política, consciente y deliberada, pero muchas veces sin tener conciencia de sus consecuencias: es esta política neoliberal la que ha conducido a los gobiernos liberales y hasta socialdemócratas de un conjunto de países económicamente avanzados a desprenderse de su poder de control sobre las fuerzas económicas; es ella, sobre todo, la que se elabora en las reuniones secretas de las grandes instituciones internacionales, tales como la Organización Mundial del Comercio o la Comisión Europea, o en el seno de todas las "redes" de empresas multinacionales con la capacidad de imponer, por las vías más diversas, y en particular jurídicas, sus voluntades a los Estados.

Contra esta política de despolitización y de desmovilización, hay que restaurar la política, -es decir, la acción y el pensamiento políticos- y encontrar un punto justo de aplicación que se sitúe más allá de las fronteras del Estado nacional, porque sus medios específicos ya no se pueden reducir a las luchas políticas y sindicales en el marco de los Estados nacionales. La empresa, no nos engañemos, es ardúa por razones múltiples: primero porque las instancias políticas que se trata de combatir estan muy alejadas y no solo geografícamente, y no se parecen en casi nada -ni en sus métodos, ni en sus agentes- a las instancias políticas contra las cuales se dirigían las luchas tradicionales.

Luego porque el poder de los agentes e instituciones que hoy dominan el mundo económico y social se asienta sobre una concentración extraordinaria de todo género de capital, económico, político, militar, cultural, científico, tecnológico, fundamento de una dominación simbólica sin precedentes, y que se ejerce en particular a través del dominio de los medios de comunicación que a su vez estan manipulados, sin muchas veces saberlo, por las agencias de comunicación.

De ahí que algunos de los objetivos de una acción política eficaz están situados a nivel europeo en la medida -por lo menos- en que las empresas y las organizaciones europeas constituyen un elemento determinante de las fuerzas dominantes a escala mundial. En consecuencia, la construcción de un movimiento social europeo unificado, capaz de reunir los diferentes movimientos, actualmente divididos tanto a nivel nacional que internacional, se impone como un objetivo indiscutible para todos los que se empeñan en resistir eficazmente a las fuerzas dominantes.

Agrupar sin unificar
Los movimientos sociales, por diversos que sean en razón de sus orígenes, sus objetivos y sus proyectos, tienen en común toda una serie de rasgos que les dan un aire de familia. En primer lugar, y especialmente porque provienen muy a menudo del rechazo de las formas tradicionales de la movilización política y en particular las que perpetúan la tradición de los partidos de tipo soviético, estos movimientos tienen tendencia a rechazar toda clase de monopolización por minorías, favoreciendo la participación directa de todos los interesados. En este sentido se encuentran en línea con la tradición libertaria, siendo propicios a formas de organización de inspiración autogestionaria caracterizadas por la fluidez del aparato que permite a los agentes reapropiarse su papel de sujetos activos en contra, especialmente, de los partidos a los cuales niegan el monopolio de la intervención política. Otro rasgo común, se orientan hacia objetivos determinados, concretos e importantes para la vida social (alojamiento, trabajo, salud, etcétera) a los cuales intentan aportar soluciones directas y prácticas, cuidándose a que sus negaciones como sus propuestas se concreten en acciones ejemplares y directamente ligadas al problema abordado.

Tercera característica típica, el rechazo de las políticas neoliberales que tienden a imponer las voluntades de los grandes inversores institucionales y de las multinacionales. Última propiedad distintiva y comun, la exaltación de la solidaridad, principio tácito de la gran mayoría de sus luchas, y el esfuerzo de ponerla en práctica tanto en su acción (encargándose de todos los "sin") que por la forma de organización que escogen.

Constatar esta proximidad en los fines y medios de las luchas políticas evidencia la necesidad de ir en busca si no de una unificación (seguramente ni posible ni deseable) de todos los movimientos dispersados reclamada a menudo por los militantes, y en particular por los más jóvenes -impresionados por las convergencias y las redundancias-, por lo menos una coordinación de las reivindicaciones y de las acciones, excluyendo sin embargo toda voluntad de apropiación: esta coordinación debería tomar la forma de una red capaz de asociar individuos y grupos en condiciones tales que nadie pueda dominar o reducir los demás y que conserven todos los recursos ligados a la diversidad de las experiencias, de los puntos de vista y de los programas. Tendría como función principal sacar los movimientos sociales de las acciones fragmentarias y dispersas y de los particularismos de las acciones locales, parciales y puntuales, permitiéndoles en particular sobrepasar las intermitencias o las alternancias entre los momentos de movilización intensa y los momentos de existencia latente o aquietada, sin por eso sacrificar a la concentración burocrática.

Flexible y permanente, esta coordinadora debería dotarse de dos objetivos distintos: por una parte organizar, por medio de encuentros ad hoc y circunstanciales, conjuntos de acción a corto plazo y orientados hacia un objetivo concreto; por otra parte someter a discusión cuestiones de interés general y trabajar en la elaboración de programas de investigación a plazo más largo en el marco de reuniones periódicas de los representantes del conjunto de grupos en cuestión (como por ejemplo las reuniones previstas en Viena y Atenas). Se trataría de descubrir y de elaborar, en la intersección de las preocupaciones de todos los grupos, objetivos generales a los cuales todo el mundo pueda adherir y colaborar, aportando sus competencias y sus propios métodos.

No está de más esperar que de la confrontación democrática de un conjunto de individuos y de grupos teniendo como base unos presupuestos comunes pueda surgir poco a poco un conjunto de respuestas coherentes y sensatas a cuestiones fundamentales, a las cuales ni los sindicatos, ni los partidos, pueden aportar una solución global.

Renovar el sindicalismo
No se puede concebir un movimiento social europeo sin la participación de un sindicalismo renovado capaz de sobrepasar los obstáculos externos e internos a su reforzamiento y su unificación a escala europea. Es paradoxal solo en apariencia creer que la decadencia del sindicalismo es un efecto indirecto y diferido de su triunfo: gran cantidad de reivindicaciones que animaron las luchas sindicales han pasado al estado de instituciones que, estando en adelante en el fundamento de obligaciones o derechos (los que se refieren a la protección social por ejemplo), se han vuelto en pugna de las luchas entre los sindicatos ellos mismos.

Transformadas en instancias paraestatales, a menudo subvencionadas por el Estado, las burocracias sindicales participan en la redistribución de la riqueza y garantizan el compromiso social, evitando rupturas y enfrentamientos. Y los responsables sindicales, cuando llegan a convertirse en gestores ajenos a las preocupaciones de sus mandantes, pueden ser llevados por la lógica de la concurrencia entre aparatos o dentro del aparato, a defender sus intereses propios en vez de los intereses de los que se supone defienden. Lo cual contribuyó en parte a alejar a los asalariados de los sindicatos y a desvincular los sindicados mismos de la participación activa en la organización.

Sin embargo, estas causas internas no bastan para explicar el número cada vez más reducido y menos activo de sindicados. La política neoliberal también contribuye a la debilitación de los sindicatos. La flexibilidad y sobre todo la precariedad impuestas a cada vez más numerosos asalariados, así como la transformación de las condiciones y normas de trabajo resultantes, contribuyen a dificultar toda acción unitaria y hasta el simple trabajo de información, mientras que los vestigios de la asistencia social continuan de proteger una fracción de asalariados.

Esto explica cuánto es a la vez indispensable y difícil la renovación de una acción sindical que supondría la rotación de los cargos y el cuestionamiento del modelo de la delegación incondicional a la vez que la invención de nuevas técnicas indispensables para movilizar los trabajadores fragmentados y precarios.

La organización de tipo completamente nuevo que se trata de crear debe ser capaz de sobrepasar la fragmentación por objetivos y por naciones, así como la división en movimientos y sindicatos, escapando a la vez a los riesgos de monopolización que obsesionan el conjunto de los movimientos sociales, sindicalistas y otros, y al inmovilismo creado a menudo por el miedo casi neurótico del riesgo. La existencia de una red internacional estable y eficaz de sindicatos y movimientos, dinamizados por su confrontación en las instancias de concertación y de discusión tales como los Estados generales del movimiento social europeo, debería permitir el desarrollo de una acción reivindicativa internacional que ya no tendría nada que ver con la de los organismos oficiales en los cuales son representados los sindicatos (como la Confederación Europea de Sindicatos), y que integraría las acciones de todos los movimientos enfrentados a situaciones específicas, luego limitadas.

Investigadores y militantes
La labor necesaria para sobrepasar las divisiones de los movimientos sociales y para reunir de esta forma todas las fuerzas disponibles contra las fuerzas dominantes, que sí están consciente y metódicamente concertadas (veáse el Forum de Davos) tiene que ejercerse también contra otra división funesta, la que separa investigadores y militantes. En una etapa de las relaciones de fuerzas económicas y políticas en la cual los poderes económicos estan en condición de poner a su servicio recursos científicos, técnicos y culturales sin precedentes, el trabajo de los investigadores es indispensable para descubrir y desmontar las estrategias elaboradas y puestas en función por las grandes empresas multinacionales y los organismos internacionales que, como la OMC, producen e imponen regulaciones a nivel universal, capaces de hacer realidad, poco a poco, la utopia neoliberal de desregulación generalizada. Los obstáculos sociales a este acercamiento no son más grandes que los que rigen entre los diferentes movimientos, o entre los movimientos y los sindicatos: diferentes por su formación y su trayectoria social, los investigadores involucrados en un trabajo militante y los militantes investidos en una empresa de investigación deben aprender a trabajar juntos, superando todas las prevenciones negativas que puedan tener unos para con los otros, y deshacerse de las rutinas y de los prejuicios asociados a la pertenencia a universos sometidos a leyes y lógicas diferentes, esto gracias a la instauración de modos de comunicación y de debate de un nuevo tipo. Es una de las condiciones para que se pueda inventar colectivamente, dentro y por la confrontación crítica de las experiencias y de las competencias, un conjunto de respuestas que deberán su fuerza política al hecho de ser a la vez sistemáticas y enraizadas en las aspiraciones y convicciones comunes.

Solo un Movimiento social europeo fuerte de todas las fuerzas acumuladas dentro de las diferentes organizaciones de los diferentes países y de los instrumentos de información y crítica elaborados en común en los lugares específicos de información y de discusión tales como los Estados generales será capaz de resistir las fuerzas a la vez económicas e intelectuales de las grandes empresas internacionales y su armada de consultantes, expertos y juristas reunidos en sus agencias de comunicación, sus oficinas de estudio y sus consejos en lobbying. Capaz también de sustituir a los fines cínicamente impuestos por instancias orientadas por la búsqueda del máximo provecho a corto plazo, los objetivos económica y políticamente democráticos de un Estado social europeo, dotado de los instrumentos políticos, jurídicos y financieros necesarios para yugular la fuerza bruta y brutal de los intereses estrechamente económicos.

*Traduccion de Marianne Brull
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