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Los intelectuales, al diván

1. Los intelectuales son un grupo humano paradójico: se crecen interiormente alimentando un yo que les aleja del resto; se rehacen con nutrientes culturales ajenos que ellos sintetizan con metabolismo erudito; interiorizan experiencias que para la mayoría de los mortales son datos puramente externos. Son un grupo paradójico porque lo que hacen como creadores o como académicos les distancia objetivamente de la masa y, sin embargo, esa misma cualidad o esa diferencia imantan, atraen, seducen. Justamente por eso, sabiéndose escuchados, seguidos, aplaudidos, levantan su voz, peroran. No sólo de lo que saben, de aquello en lo que son competentes, sino también de otras cosas públicas que a muchos interesan y sobre las que ellos creen tener opinión o juicio. Intervienen en la prensa, se hacen presentes en los medios, denuncian, aprueban, condenan, celebran… y su imagen se impone más allá de su propia obra. Es raro poder escapar del envanecimiento que este proceso suele provocar, pues saberse conocidos y apreciados, saber que hay tantos que aguardan esa voz o dictamen, trastorna. Por esta circunstancia paradójica –un mundo interno cuyas emanaciones se esperan con unción y fervor–, muchos intelectuales maduran mal, padeciendo frecuentes trastornos narcisistas. Entre quienes están muy pagados de sí mismos, entre quienes sueñan con la posteridad, no es raro hallar casos de engreimiento fantasioso: gentes que, cuando recuerdan su propia vida, se engañan con sus logros, su identidad y su coherencia. Tanto es así, que a muchos habría que enviarlos al diván. Es allí en la soledad incongruente de la vida en donde deberían examinar su actos o sus cobardías para así abandonar el último rastro de jactancia. Lamentablemente, esto no es corriente y, por eso, las memorias de los intelectuales pecan de congruencia, de afectación. ¿A quién o a quiénes me refiero?

Acabo de leer dos libros sobre un mismo intelectual. El primero se titula Autoanálisis de un sociólogo y el autor es Pierre Bourdieu. El segundo, que está coordinado por José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez García, está dedicado a Pierre Bourdieu y la filosofía. De entrada he de confesar que este sociólogo no es un académico o un estudioso que me entusiasme particularmente. Es más, he escrito sobre y contra alguna de sus obras, por haber juzgado confusas sus respuestas. Eso no quita, sin embargo, para que me haya interesado su empeño analítico. Pero ahora más que sus categorías, me han conmovido sus memorias y las evocaciones agradecidas y polémicas de sus antiguos amigos y seguidores. En todo caso rezuman sinceridad y modestia, algo bastante insólito en el medio intelectual francés y, por extensión y contagio, en el ámbito español. Les detallo.

Pierre Bourdieu era un sociólogo reconocido, un estudioso francés que alcanzó la celebridad en los años 70 y 80. Fallece en 2002, cuando aún tenía mucho que decir y cuando sus análisis brillantes e impertinentes todavía podían rendir fruto. La muerte siempre llega demasiado pronto, corta una reflexión y consume nuestras potencias. Conozco a pocas personas de las que se pueda decir “ya viviste lo tuyo”. En el caso de Bourdieu, su creatividad nos prometía un porvenir de debates interesantes y ásperos, sobre todo a quienes no le teníamos por maestro. La Parca, pues, nos arrebata a un interlocutor con quien crecer y madurar: toda una amputación. Nos conformaremos, por tanto, con lo que Bourdieu nos lega, que es, en definitiva, una obra intelectual interesante e impertinente. Los lectores pueden apreciar en sus obras la variedad y la calidad polémicas, la decidida voluntad de controversia. Trató desde la dominación masculina hasta la televisión, desde el consumismo hasta el parentesco. Siempre, eso sí, con esa desenvoltura tan francesa que muchos seguimos valorando.

Ya lo hemos dicho: un intelectual de París es alguien que se agiganta al hablar, consciente de sus recursos: alguien que diagnostica, que enjuicia, que dictamina… sabiendo que siempre podrá doblegar lo real aun cuando ese referente externo le oponga mucha resistencia. En Gran Bretaña, los escritores no disfrutan de ese crédito: a veces incluso son parias. En cambio, en Francia, un intelectual es una figura prestigiosa, envidiada, a despecho de sus mamarrachadas. Por lo que yo sé, Bourdieu no se prodigó con necedades graves, inconsecuentes o delictivas. Ustedes me perdonarán, pero eso ya lo hace atendible en ese gremio de frecuentes voceadores. Reparemos, pues, en su obra y en los libros que ahora le devuelven actualidad.

Pierre Bourdieu era alguien cuyo prestigio internacional se debía en parte a la posición académica que conquistó con perseverancia y méritos, con actitudes y aptitudes que le encumbraron cuando París era el centro de un dominio intelectual. En principio, este hecho no es extraño y se repite entre los maîtres à penser que Francia exporta desde antiguo. Ahora bien, en el caso de Bourdieu, ese dato es distintivo si tenemos en cuenta el origen pirenaico, provinciano, excéntrico, de un joven que debió asediar el París institucional en la posguerra (el acceso a la École Normale Supérieure), un joven que tenía un marcado acento rural, aldeano (según él mismo reconocía), acento por el que se le ultrajaba con discriminación metropolitana. Esa laceración y el aislamiento académico alimentaron su rechazo y, sobre esas heridas, Bourdieu acabará erigiendo su obra, su triunfo personal y su desquite de clase, si me permiten decirlo así.

Este éxito intelectual ha sido tan grande que para muchos de sus lectores y seguidores, decir sociología francesa y decir Bourdieu es una y la misma cosa. Es más: su influencia va más allá de las ciencias sociales y, por eso, no es una rareza el imprescindible libro que José Luis Moreno y Francisco Vázquez dedican a sus tratos con la filosofía. Para ambos autores –y en general para quienes escriben en dicho volumen–, Bourdieu se tomó en serio la tarea más noble del saber: la iluminación. Radicalizar las luces, destapar, desvelar, incluso contra sí mismo. Para sus deudos más militantes –que forman una especie de cofradía, afín y cerrada–, una amplísima bibliografía lo respalda: pero también una gran variedad de objetos lo confirman (la familia, el sistema educativo, el arte, etcétera); un léxico característico lo identifica (con acepciones propias que aplica a diversos ámbitos); y, en fin, una contribución original lo reafirma, rebasando los límites de distintas corrientes. No es ni subjetivista ni objetivista, ni estructuralista ni individualista, ni marxista ni liberal… Como un autor que se admite distante, se alza y se aleja de posiciones predeterminadas, cosa que es de agradecer; pero, a la vez, ese esfuerzo intelectual le llevó en sus polémicas a la arrogancia de quien se sabe mejor colocado. Por eso, de él puede decirse que trata lo fundamental, que aborda las cuestiones básicas de nuestro tiempo y que, en sus textos más felices (que no son tantos), llega a concepciones perspicaces. Por los objetos difíciles que aborda, pero sobre todo por el lenguaje artificial con que los enfrenta (habitus, campo, estrategia, etcétera) y por la índole académica de sus libros, los análisis que emprende no siempre sobrepasan las barreras de un público universitario.

Autoanálisis de un sociólogo es una especie de autobiografía escrita poco antes de morir, una autobiografía en la que el autor repudia esa etiqueta de los géneros literarios: son recuerdos personales en los que Bourdieu dice rechazar la añagaza de la memoria o, como dijo en cierta ocasión, la ilusión biográfica. ¿Por qué razón? Sus obras se concibieron como una superación de las viejas contradicciones de las ciencias sociales: individuo-sociedad, estructura-acción, regla-libertad. ¿Cómo abordar la explicación de lo social? Bourdieu trató durante toda su vida académica de concebir una doctrina basada en el dato empírico, pero también una doctrina que aunara a los clásicos más fértiles (Marx, Durkheim, Weber) y que permitiera analizar lo concreto, sin recaer en el vicio especulativo de los filósofos franceses y sin abandonarse a la creencia de la libertad indeterminada que predicara Jean-Paul Sartre. A mi juicio, el resultado fue una heroica tentativa inevitablemente condenada al fracaso, pues no todos le han seguido ni todos aceptan los planteamientos de su ciencia social: Bourdieu creyó resolver las aporías, las contradicciones tradicionales de la sociología, pensándose equidistante del existencialismo y del estructuralismo, de la existencia incondicionada que se crea en el acto y de la estructura que determina un comportamiento.

La biografía o la autobiografía serían géneros que hacen depender el relato de una ilusión, de esa ilusión que Bourdieu denunciara: el sujeto se expresa y se manifiesta según una narración que hace de su esencia un embrión que se despliega. La coherencia del yo, sus presuntas congruencias más allá de los diferentes contextos, sus preferencias bien claras de principio a fin, el concepto mismo de relato ordenado. Frente a la ilusión biográfica que Bourdieu repudiaba (que guiaría los géneros del yo y de la memoria), la vida es bien distinta, como el espacio de lo posible, un dominio en el que hay reglas que los agentes saben o no saben, que cumplen o incumplen según los réditos que de su acción o inacción se deriven. Por ejemplo, los agentes académicos; por ejemplo, los agentes intelectuales.

Pero, al final de su existencia, cuando la muerte ya era una evidencia próxima, vemos a Bourdieu escribiendo una autobiografía que rechaza ese apelativo, una autobiografía selectiva, parcial, a la que se resiste a llamar así. ¿Por qué razón? Porque prefiere llamarla autoanálisis (según una acepción vagamente freudiana), una inspección sobre sí mismo hecha en un diván metafórico que lo convertiría en objeto antes que en sujeto. Eso es, al menos, lo que él cree. Se objetiva, se hace cosa observada, como predicara Émile Durkheim, para superar el subjetivismo o el sentimentalismo. En todo caso, fuera de esta impostación antisubjetiva, esta obra es la más accesible de Bourdieu, la más personal y tiene un halo trágico semejante al que apreciábamos años atrás en El porvenir es largo, de Louis Althusser: un ajuste de cuentas consigo mismo en el que los empeños y las empresas acaban viéndose en parte como un fracaso. Sería injusto que de Bourdieu repitiéramos otra vez lo que Henri Poincaré –contemporáneo de Durkheim— predicara de la sociología: que “es una teoría que puede ofrecer el mayor número de métodos y el menor número de resultados”. Pero no sería incorrecto si dijéramos que los resultados de Bourdieu son magros: magros si los comparamos con los empeños que él se propuso y si los cotejamos con los métodos a que obliga la complejidad del individuo y de sus relaciones, normas y valores. En realidad, nunca acabaremos de resolver lo que Bourdieu creyó haber resuelto, pensando que su obra –como la de un Ludwig Wittgenstein de las ciencias sociales— acababa con las contradicciones académicas.

Frente a tantos y tantos intelectuales que viven en el hiperuranio, en el reino de las ideas, Pierre Bourdieu fue un sociólogo que se propuso acercarse a lo real. Con errores y porfías inexplicables, con una prosa frecuentemente desabrida, Bourdieu supo, sin embargo, diagnosticar alguno de los males que aquejan a esos sabios sin ataduras. Entre ellos, el del idealismo de tantos intelectuales de izquierda que creyeron acercarse a lo real forzando su radicalismo ideológico, haciéndose maoístas o trotskistas, por ejemplo: “Los efectos del aislamiento”, dice en su última obra, “acentuados por los de la elección escolar y de la cohabitación prolongada de un grupo socialmente muy homogéneo, sólo pueden, en efecto, propiciar un distanciamiento social y mental en relación con el mundo que nunca es tan manifiesto, paradójicamente, como en los intentos, a menudo patéticos, por alcanzar el mundo real, en particular mediante los compromisos políticos (estalinismo, maoísmo, etcétera) que por su utopismo irresponsable y su radicalidad irrealista manifiesta que siguen constituyendo una forma paradójica de negar las realidades del mundo social”.

¿Les suena esta música?

2. Las polémicas de o sobre Bourdieu no acabaron tras su muerte. Aún hoy, en Francia regresan su figura y sus ideas: se le aprueba, se le discute, se le combate, se le reprocha. Lean el magnífico tratamiento que Anaclet Pons hace en su blog de lo que ha llamado La polémica Bourdieu. No será la última… Francia en estado puro.
Escrito por Justo Serna para Los archivos de Justo Serna
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